
😧 El día que el español decidió liarnos con el y la.
Hay un momento en el aprendizaje del español en el que te das cuenta de algo inquietante: no es que no sepas vocabulario… es que el vocabulario te está engañando.
Todo empieza de forma inocente. Tú aprendes una palabra, te la memorizas, la usas con confianza… y de repente alguien cambia el por la y todo se va al traste. Porque en español, cambiar el artículo no es un detalle sin importancia. No. Es como cambiar el final de una película.
Pongamos un ejemplo muy realista. Imagina que alguien dice: “El cura que casó a Olivia y Raúl bautizó también a mis hijos.” Todo normal. Un sacerdote, una boda, un bautizo. Pero ahora cambia solo una letra:
“La cura que casó a Olivia y Raúl…”, y de repente no sabes si estás en una iglesia o en una serie médica. Porque el cura es una persona y la cura es un tratamiento. Mismo sonido, vidas completamente distintas. Y aquí es cuando empiezas a sospechar que el español se divierte.
Sigues avanzando, confiado, y alguien menciona el cometa Halley. Tú asientes, miras al cielo, te pones científico… hasta que otro día alguien dice que se le ha roto la cometa. Y ahí ya no hay astronomía, hay viento, playa y probablemente enfado. Porque el cometa viaja por el espacio y la cometa se engancha en un árbol. Pero no pasa nada, tú sigues. Ya le vas pillando el truco… o eso crees.
Entonces llegas a la palabra capital. Y aquí el español ya se viene arriba. Porque la capital es una ciudad, pero el capital es dinero. Así que una frase tan inocente como “necesitamos más capital” puede significar que te falta presupuesto… no que te falten ciudades. Y lo mejor es que el español no se detiene ahí.
Te habla del margen. El margen del folio, donde tomas notas tranquilamente. Todo bien. Hasta que alguien menciona la margen del río. Mismo sonido, otro paisaje, y tú preguntándote por qué nadie te avisó de esto antes.
Y luego está la mañana. Preciosa, luminosa, ideal para tomar café. Pero cuidado con el mañana, porque ya no estamos hablando del día, sino del futuro, de la vida, de la incertidumbre existencial. El español pasa del desayuno a la filosofía sin previo aviso. En este punto, tú ya estás alerta. Ya sabes que cualquier palabra puede traicionarte. Y haces bien.
Porque llega el orden y la orden. Uno es amor por la limpieza, el otro es una instrucción que no admite discusión. Y no es lo mismo decir “me gusta el orden” que “me dieron una orden”. Una suena a persona organizada; la otra, a problema.
Y cuando crees que ya nada puede sorprenderte, aparece la pez. No el pez que nada feliz en el agua. No. La pez oscura, espesa, pegajosa, esa que se usaba para impermeabilizar barcos. Existe. Aunque nadie la use. Pero existe. Y el español sonríe satisfecho.
Luego viene la frente. Te duele la frente porque te has dado un golpe. Pero el frente avanza, lucha o se posiciona políticamente. Y tú solo querías un analgésico, no una guerra.
Y claro, llegamos al deporte. Porque no es lo mismo el final de una historia que la final de la Champions. Uno te emociona; la otra te pone nervioso.
Y cuando ya estás cansado, cuando piensas que lo has entendido todo… aparece la coma. Una coma pequeña, inocente, pero capaz de cambiarlo todo. Porque no es lo mismo decir “vamos a comer, niños” que “vamos a comer niños”. Y aquí ya no hay discusión: la coma salva vidas.
Así es el español. Un idioma maravilloso, expresivo, rico… y un poco gamberro. Por eso en Vamos al lío hablamos de estas cosas. Para entender el idioma como lo que es: una lengua viva, llena de matices, de trampas divertidas y de pequeños detalles que lo cambian todo.
Y la próxima vez que dudes entre el o la, recuerda: no estás confundido. El español te está poniendo a prueba.